
Un ex soldado israelí perteneciente a un grupo de élite, que había participado en una misión de represalia matando a dos policías palestinos en servicio, busca ser perdonado dando testimonio de sus actos. Z32 es su nombre en código tal como está registrado en los archivos oficiales.
El filme pertenece al género del documental testimonial con algo de tragedia griega. Mediante el testimonio de un soldado israelí que padece un síndrome post-traumático, Z32 denuncia el lavado de cerebro al que son sometidos los soldados en el ejército y la constante incitación a realizar intervenciones militares sin que aquéllos tomen plena consciencia de sus actos.
En un impactante momento de la entrevista, Z32 dice haber recibido órdenes de disparar contra todo niño, hombre o mujer palestino ante la mínima sospecha y reconoce haber sentido una especie de placer morboso en este tipo de intervenciones armadas, en las que había que salir a matar.
Los jóvenes de 18 años son adultos en formación y todavía no tienen firmes sus valores, lo cual los vuelve fácilmente manipulables por el ejército. Avi Mograbi muestra así que las fuerzas armadas, no sólo la israelí, preparan a los jóvenes para actuar en un estado de insensibilidad frente a la muerte y que esto les produce trastornos psicológicos muy difíciles de superar incluso en el largo plazo.
En Z32 los comentarios cantados no sólo sirven de aclaración, sino también como medio para el realizador de expresar frustración, desesperación, dolor y angustia frente a la realidad política de su país.
Las máscaras, que el equipo de posproducción ha creado para ocultar la identidad del testigo, también están inspiradas en el teatro griego. Desde la utilización de una rudimentaria prenda de vestir a la que el mismo Mograbi practicó delante de la cámara cuatro orificios a la altura de los ojos, la boca y la nariz, pasando por los efectos de pixelado y flou, el responsable de los efectos especiales finalmente pensó en la utilización de máscaras 3D aplicadas sobre los rostros del soldado y su novia durante la mayor parte del proceso testimonial.
Si bien la película cumple su objetivo de toma de conciencia y de impacto psicológico sobre el tema de la vida en el ejército en tiempos de guerra, el hecho de disponer de un solo testimonio le quita la universalidad que el mismo Mograbi cree haber alcanzado en su documental. Un solo testimonio, una sola mirada, un solo punto de vista, aunque perturbadores, no son suficientes para abarcar un tema tan complejo y conflictivo. Las intervenciones cantadas, más que explicar, agregan un efecto de impacto emotivo que por momentos se vuelve manipulador. Los efectos especiales son, efectivamente, muy innovadores, pero están al servicio de una idea que pudo haber alcanzado mayor desarrollo y profundidad de haber contado con todos los recursos necesarios para la realización de un documental con más fuerza testimonial.
El filme pertenece al género del documental testimonial con algo de tragedia griega. Mediante el testimonio de un soldado israelí que padece un síndrome post-traumático, Z32 denuncia el lavado de cerebro al que son sometidos los soldados en el ejército y la constante incitación a realizar intervenciones militares sin que aquéllos tomen plena consciencia de sus actos.
En un impactante momento de la entrevista, Z32 dice haber recibido órdenes de disparar contra todo niño, hombre o mujer palestino ante la mínima sospecha y reconoce haber sentido una especie de placer morboso en este tipo de intervenciones armadas, en las que había que salir a matar.
Los jóvenes de 18 años son adultos en formación y todavía no tienen firmes sus valores, lo cual los vuelve fácilmente manipulables por el ejército. Avi Mograbi muestra así que las fuerzas armadas, no sólo la israelí, preparan a los jóvenes para actuar en un estado de insensibilidad frente a la muerte y que esto les produce trastornos psicológicos muy difíciles de superar incluso en el largo plazo.
En Z32 los comentarios cantados no sólo sirven de aclaración, sino también como medio para el realizador de expresar frustración, desesperación, dolor y angustia frente a la realidad política de su país.
Las máscaras, que el equipo de posproducción ha creado para ocultar la identidad del testigo, también están inspiradas en el teatro griego. Desde la utilización de una rudimentaria prenda de vestir a la que el mismo Mograbi practicó delante de la cámara cuatro orificios a la altura de los ojos, la boca y la nariz, pasando por los efectos de pixelado y flou, el responsable de los efectos especiales finalmente pensó en la utilización de máscaras 3D aplicadas sobre los rostros del soldado y su novia durante la mayor parte del proceso testimonial.
Si bien la película cumple su objetivo de toma de conciencia y de impacto psicológico sobre el tema de la vida en el ejército en tiempos de guerra, el hecho de disponer de un solo testimonio le quita la universalidad que el mismo Mograbi cree haber alcanzado en su documental. Un solo testimonio, una sola mirada, un solo punto de vista, aunque perturbadores, no son suficientes para abarcar un tema tan complejo y conflictivo. Las intervenciones cantadas, más que explicar, agregan un efecto de impacto emotivo que por momentos se vuelve manipulador. Los efectos especiales son, efectivamente, muy innovadores, pero están al servicio de una idea que pudo haber alcanzado mayor desarrollo y profundidad de haber contado con todos los recursos necesarios para la realización de un documental con más fuerza testimonial.
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